Soy Humano

En el trabajo no buscan humanos,

buscan avatares.

sin miedo,

sin preguntas,

con sonrisa fija

y la vida entregada a algo que no la merece.

Aquí la vocación se usa como chantaje.

Si no das todo, eres el problema.

Si preguntas, estorbas.

Si sientes, fallas.

Me contrataron como vendedor.

Acepté.

En parte me interesaba.

La realidad:

hora y media de camino.

Recontratos firmados por días,

como si mi vida también funcionara en turnos cortos.

Compañeros molestos

porque yo estaba firmando papeles

que la empresa exigía.

Sin tiempo de leerlos.

Firmar rápido.

Mucho papeleo.

Cero humanidad.

Clientes con cara de querer golpearte.

Actitud altanera.

Si no los atiendes de inmediato, te gritan.

Si no eres complaciente, te presionan.

algunos ignorantes, locos, agresivos.

Y algunos que te conmueven pero no puedes ayudarlos.

algunos que parecen amables con delirios muy

capaces de meterte en problemas.


A veces compañeros.

A veces clientes.

A veces ambos.

Vendía, sí.


Reponía pasillos.

Escaneaba productos.

Reparaba tecnología,

Ordenaba.

Todo al mismo tiempo.

Todo mal organizado.

Todo urgente.

Y ni hablar de la máquina de fotos:

arcaica, dañada, absurda.

Un proceso tan ridículamente ineficiente.

Caminar de un extremo al otro para habilitarla con llave, era una distancia larguisima, absurdo..

El cliente paga.

Se va.

Vuelve.

Y otra vez caminar

para imprimir.

Y encima fallaba.

Caos.

Desorden.

Productos que se perdían de almacen sin explicación y nadie pregunta.

Cajas rotas por desesperados y torpes.

Inventarios que decían una cosa

y la realidad otra.

Un sistema informático grande,

pesado,

absurdamente analógico.

Procesos delicados, garantías y devoluciones...

hechos a mano.


Pedidos complejos

por montones de clics innecesarios.


Devoluciones defectuosas

que volvían a ponerse a la venta.


Cada mínimo cambio

me dejaba atrapado en el sistema.


Había que usarlo,

pero nadie parecía entenderlo del todo.


Y mientras tanto yo pensaba...


Soy un puto sabueso.

Implacable para rastrear, entender y corregir.

Denme herramientas 

les quito problemas.

Traigo orden.

Pero no.

Preferían el caos conocido

antes que una solución real.


A veces ayudaba a los clientes.

De verdad.

Me gusta ayudar.

Me hace sentir útil.


Querían devolver una impresora

que no sabían configurar.


Creían que estaba dañada.

Yo sabía que no lo estaba.

Les daba la solución,

amablemente,

y asi evitarles burocracia y semanas de espera.


Pero no escuchaban.

Se sentían engañados.

No querían ayuda.

Querían gritar y pelear...


Muchos me amenazaron

con hojas de reclamación,

como energúmenos.


Como si eso me importara.

No tolero el chantaje burdo.

Además, yo no estaría allí

si eso avanzaba, y tampoco tenían razón.

Así que se la daba

y volvía a mis asuntos.


Mis compañeros se asustaban

y cedían a peticiones absurdas

solo para evitar conflicto.


A mí no me asusta el conflicto.

Lo ignoro.

Me asusta la estupidez normalizada.

Me pedían subir escaleras

para bajar objetos enormes,

pesados, delicados,

con las manos.


Ellos mismos lo hacían:

personas mayores, flacas,

con una fuerza y un temple

que no entiendo de dónde salían.

Fui demasiadas veces al depósito.

Era un caos.

Me mandaron a ordenarlo.

Polvo.

Alturas.

Espacios imposibles.

Cajas gigantes de televisores,

patinetes,

muebles.

Me enfermé fuerte por el polvo.

La cara llena.

Los pulmones ardiendo.

No importó.

Seguí.

Enfermo.

Respirando toda esa mierda

para que todo se viera ordenado.


Todos los días volvía a casa

con un corte nuevo,

un moretón nuevo,

dolores de espalda horribles

por mover mercancía imposible.


Y aun así seguía.

Con la esperanza

de pagar la renta

y quizás comprarme algo

que me hiciera sentir vivo,

o al menos

un poco menos vacío.

Mi área era una.

Me mandaban a otra.

Nunca quedó claro.

Nada quedaba claro.

Solía creer que estas cosas

solo se veían en la TV.

Pero es real.

Y da miedo.

Y da indignación.

Aquí pensar te vuelve problemático.

Hablar claro no garantiza que te entiendan.

Te ignoran.

O hacen lo posible

para dejarte mal

mientras cuidan su trasero.


Piden excelencia

sin ofrecer dignidad.


Exigen entrega

sin reciprocidad.


No quiero dar la vida

por un sistema

que no cuida lo mínimo.


No quiero fingir pasión

para sobrevivir.


Tal vez el problema

no sea que yo no encaje.


Tal vez el problema

es que soy diferente.


Veo a muchos creer

las mentiras de las empresas,

hacerlas su verdad:

que la vida es dura,

que la realidad es dura,

y que por eso el trabajo

debe ser así.


Me asombra pensar

en compañeros con más de 20 años de trabajo así


No dejo de pensar

qué desperdicio.


Pudieron haber salido.

Pero siguen en el ciclo...

pisoteados,

cambiando horarios,

sin navidades,

sin cumpleaños,

sin tiempo.


Alienados por el deber.

y lo ven normal.


Yo no lo entiendo.

Tal vez soy mantequilla, como me decían.

O tal vez

veo todo en perspectiva.


Tal vez haber trabajado

en otros contextos

me permite ver

la injusticia con claridad.


Veo a quienes aguantan.

En parte me duelen.

En parte los admiro.

Pero yo quiero otra cosa...

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